Nuestros ojos vieron su salvación

Lucas 2:25-32

Señor, ahora despides a este siervo tuyo, y lo despides en paz, de acuerdo a tu palabra. Mis ojos han visto tu salvación, que has preparado a la vista de todos los pueblos. (Lc 2:29-31) 

Un anciano venerable camina hacia el templo. Muchas otras veces ha hecho ese trayecto: disfruta de estar en la presencia del Señor en ese lugar. Muchos en Jerusalén lo saben. Saben que es un hombre venerable, justo y piadoso, como un lazarillo celestial; el Espíritu Santo es quien lo guía en su caminar. Mientras camina, piensa en la promesa de los profetas y teme que le llegue la muerte sin verla concretada. ¿Cuándo enviaría Dios a su Ungido?

Pero esta vez el Señor le tiene reservada una sorpresa. El Señor mismo estará cara a cara con Simeón, en persona. El Señor del templo-¡el Señor del mundo! -lo mirará a través de sus ojos de bebé, para aprobar su fidelidad. El Mesías está ahí, visible, palpable: el niño Dios traído en brazos por sus padres, para celebrar el rito de la ley. Y Simeón tomará a ese niño en sus brazos y pronunciará una alabanza que sigue sonando a través de los siglos.

¿Qué nos queda para ver cuando ya hemos visto el amor de Dios en persona? ¿Qué nos queda para ver luego de haber sabido de su encarnación manifestada en un pesebre? ¿Qué nos queda para ver luego de haber visto su cuerpo colgado de una cruz, sufriendo y muriendo por nuestros pecados? ¿Qué nos queda para ver, oír y degustar, luego de haber recibido su bautismo, su palabra de perdón y el sacramento de su cuerpo y su sangre? Vayamos a su templo. Recibamos sus dones. Unamos nuestro canto a Simeón.

Dios de amor: no permitas que muera sin ver tu salvación. Me arrepiento de los pecados de este año que termina, confiando en tu perdón. Guíame a tu casa. Amén.

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Navidad

¡Qué manera de hablar!

Hebreos 1:1-9
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Dios… en estos días finales nos ha hablado por medio del Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y mediante el cual hizo el universo. (Heb 1:1a-2) </br

Hay maneras y maneras de hablar. Algunos hablan mucho y dicen poco. Otros hablan poco, pero dicen mucho. La relación de Dios con su mundo es una relación de comunicación, no exenta de ruidos. De un lado, hay seres humanos reacios, incluso sordos, hacia su palabra. Del otro lado está Dios, quien desde el mismo Edén se acerca y pregunta una y otra vez: “¿dónde estás?”

Dios usó todas las estrategias posibles para hablarnos. Él habló muchas veces y de distintas maneras. Generación tras generación envió profetas para advertir, llamar al arrepentimiento e invitar a los humanos a volverse a Él. Israel había sido objeto especial del amor y del cuidado divino. A través de Israel, Dios quería llegar al mundo para que todos conozcamos su voluntad y su corazón lleno de amor y gracia.

Comunicar es poner en común, hacer que dos sean como uno. La navidad refleja una manera extraordinaria de comunicación divina. En la navidad, Dios nos habla directamente a través de su Hijo, el heredero, por medio del cual había creado el mismo universo. Jesucristo es quien refleja el carácter y la esencia del Padre, es un representante de Dios que es divino y humano a la vez; un puente de carne y hueso, de boca y corazón, tendido entre el cielo y la tierra. ¡Qué manera de hablar!

No seamos sordos a lo que Dios nos está diciendo por medio de su Mesías, una vez más. Oigamos, miremos y recibamos lo que nos dice. Unidos a Jesús participaremos, por gracia, de lo mismo que Jesús es y será: ser hijos y herederos de Dios, destinados a la gloria eterna junto a Él.

Eterno Dios y Padre: gracias por acercarte a nosotros por medio Jesús. Abre nuestros oídos, mente y corazón para recibirle. Amén.

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Navidad

¡Promesa cumplida!

Lucas 1:67-79

Lleno del Espíritu Santo, Zacarías, su padre, profetizó: “Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha venido a redimir a su pueblo”. (Lc 1: 67-68) 

Dios cumple, siempre cumple. Tarde o temprano, Él cumple. A su debido tiempo, su palabra se hace realidad. Cuando nos parece que se ha olvidado, Él transforma en hechos lo que una vez salió de su boca.

Así fue cuando envió a su Mesías. Lo prometido en Edén sería realidad en Belén. Y no sólo eso: Dios prepararía a un precursor, un mensajero, para allanar el camino de su Mesías. Y ese precursor habría de brotar de un par de ancianos que, en términos de nuestra lógica, ya no aplicaban para semejante privilegio.

La lengua de Zacarías, que había estado atada por meses, ahora se desata en alabanzas. El Espíritu Santo arde en él y ese hombre que tiempo atrás no podía discernir los planes de Dios, ahora ve el cuadro completo. Asombroso. Dios escribe recto sobre líneas torcidas. Su historia sublime de salvación se redacta sobre los renglones curvos de nuestra pobre historia. Bendito sea el Señor, Dios de Israel.

Oigamos la predicación de este Juan, llamado profeta del Altísimo. Él señalará al que viene, el Señor. Él dará a conocer la salvación y el perdón de nuestros pecados. A los arrepentidos, perdón. A los perdidos, salvación. A los que andan en sombras de muerte, vida eterna. Ese niño que viene en camino, ése a quien Juan señalará, es el motivo de nuestro gozo, de nuestra esperanza, de nuestra celebración. La navidad va quedando atrás, pero él estará a nuestro lado para emprender el viaje hacia un nuevo año. Dios cumple sus promesas. La más importante de todas: él es nuestro Emanuel. Dios con nosotros. Hoy, mañana, y siempre.

Te damos gracias y alabanzas, oh Dios, por el cumplimiento de tus santas promesas. Gracias por Juan el Bautista, mensajero del Altísimo. Por Jesús, Amén.

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Navidad

María, quiero cantar contigo

Lucas 1:46-55

Entonces María dijo: “Mi alma glorifica al Señor, y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador. Pues se ha dignado mirar a su humilde sierva.” (Lc 1: 46-48a)

Dos mujeres se encuentran. Ambas son parientas. Una fue reivindicada de su larga humillación: cuando ya no tenía más esperanzas de concebir quedó embarazada, dejando así atrás el estigma de ser “la estéril” de la familia. Su nombre es Elisabet, y en su vientre crece Juan, el Bautista. La otra es una humilde virgen de Nazaret. Hace poco soñaba con formar una familia con su amado José. Ahora, aun antes de que ese matrimonio fuera consumado, en su vientre se está formando el Rey de Reyes, el Mesías esperado. Todos conocemos su nombre: bendita ella, entre las mujeres y bendito el fruto de su vientre.

A lo largo de la Biblia hay pocos encuentros tan profundos y significativos. Dos mujeres que trascenderán los siglos porque fueron objeto especial del favor de Dios. Sus corazones, sorprendidos por los excelsos planes divinos para con ellas, responden con fe, con gozo y serena obediencia. La alegría que las invade ilumina sus rostros y se transforma en música angelical en sus labios. Los planes de Dios superan lo imaginable. El Poderoso hace grandes cosas. Es que la misericordia divina no tiene límites. María canta, y nosotros somos invitados a cantar con ella.

La navidad pone en nuestros labios un canto nuevo. Aunque nuestra existencia haya transcurrido en medio de las sombras, la vergüenza, o cualquier forma de esclavitud, la navidad viene a encender una luz de esperanza en nuestro mundo. A través de los labios de María, el Espíritu Santo le da letra a nuestra esperanza. María, ¡deja que nuestro humilde corazón se sume a tu canto!

Quiero cantar, Señor, porque te revelaste como Salvador de nuestras vidas. Sálvanos de nuestras opresiones y miserias. Fecunda nuestro ser con esperanza. Amén.

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Navidad

No fue pesadilla: fue un sueño

Mateo 1:18-25

Cuando José despertó del sueño, hizo lo que el ángel del Señor le había mandado y recibió a su mujer. (Mt 1:24) 

Hay situaciones que comienzan como sueño y terminan como pesadilla. Con José, afortunadamente, sucedió al revés. Comprometido con María, un buen día supo de su embarazo. Podía haberla repudiado y humillado públicamente. Pero como era un hombre justo no quiso exponerla, por lo cual decidió dejarla en secreto. Pero Dios no había fijado su mirada sólo en María; José iba a tener una gran misión en la crianza de este ser extraordinario que venía al mundo, y Dios así se lo comunica. Así como María puede ser considerada la más dichosa de las mujeres, José tendría un papel extraordinario al lado de esa joven mujer de Nazaret.

De manera similar a lo que sucedió con José, a veces la vida se nos torna en pesadilla. Los conflictos familiares y la desconfianza hacen que nuestras relaciones se fracturen y los pactos de amor se desvanezcan. A menos que prestemos atención a lo que Dios nos dice y honremos el pacto de amor que hicimos, no hay manera de salvar una relación de amor. Pero eso demanda humildad, arrepentimiento, perdonar y ser perdonados, confiar en Dios.

Jesús, el salvador de nuestros pecados, es la promesa profética hecha carne. En él se cumplen aquellas palabras misteriosas acerca de una virgen que daría a luz a un niño, el cual sería nuestro Emanuel-Dios con nosotros. Él quiere ser tu Emanuel en esta navidad. En el nombre de Jesús, tu existencia puede ser transformada en nueva vida y reservada para la eternidad. Por fe en su nombre hallarás perdón para tus pecados y podrás luchar contra el pecado que destruye tus relaciones más sagradas.

Señor Dios: que al encontrarme en dudas y dificultades escuche tu palabra, me arrepienta y ordene mi vida. En nombre de Jesús, mi Emanuel. Amén.

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El camino de los pastores

Lucas 2:15-20

Al volver los pastores, iban alabando y glorificando a Dios por todo lo que habían visto y oído. (Lc 2:20a)

Eran considerados parte de la población más baja del país. Eran simples pastores, cuya tarea los ponía en contacto con una realidad considerada “impura”, según algunos. Pero cuando el Mesías llegó a este mundo, fueron los primeros destinatarios de semejante noticia.

No era para quedarse de brazos cruzados, mirándose unos a otros. Aquel que llegaría a ser el gran Pastor de Israel quiso que ellos fueran los primeros. “Vayamos a Belén y veamos esto que ha sucedido”, se dijeron. Así que fueron de prisa y encontraron a María y José, y al niño rey acostado en un pesebre. ¡Qué escena más extraordinaria! Dios envuelto en pañales. El Creador en brazos de una madre primeriza. El Todopoderoso sometido, por amor, a las fuerzas de la naturaleza, al hambre, al frío. El amor todo lo puede, todo lo sufre, todo lo soporta… una fotografía majestuosa de lo que significa el amor sacrificial.

La escena nos muestra dónde se deja encontrar Dios. Ese Dios fulgurante que con su gloria nos intimida y aterroriza porque nos recuerda nuestro pecado y debilidad, de pronto se deja encontrar en un Jesús encarnado, en quien la gloria se oculta para no consumirnos. Y ese mismo Jesús se deja encontrar hoy en una pila bautismal, en un púlpito donde se predica su evangelio, en un altar donde se ofrece su cuerpo y su sangre.

Vayamos pues, como los pastores, al encuentro de Jesús. Ellos nos enseñan el camino. No nos quedemos de brazos cruzados. ¡Ese encuentro cambia la vida! Tras ese encuentro habremos de alabar y glorificar a Dios por lo visto y oído.

Te alabo, Padre, por darnos el precioso regalo de tu Hijo. Ahora que sé de Jesús, que no me quede quieto hasta hallarlo y abrazarlo con fe. Amén.

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Navidad

Dios a la tierra, el hombre al cielo

Lucas 2:1-14

¡Gloria a Dios en las alturas! ¡Paz en la tierra a todos los que gozan de su favor! (Lc 2:14) 

En el Edén había quedado claro que Dios no dejaría a la deriva aquello que había creado con tanto amor y dedicación. Dios no renegó de su creación. Es que los humanos habíamos sido creados para vivir cerca de Dios. Por siglos, Dios daría señales intensas de ese amor profundo y demostraría su afecto entrañable que quiere atraernos cerca de su corazón. Y también por siglos, los seres humanos rehuimos de ese abrazo que Dios quería estrecharnos.

En Belén se nos muestra hasta qué punto Dios estuvo dispuesto a llegar, por amor. La brecha entre el santo y el pecador, entre el cielo y la tierra, iba a cerrarse a través de su auto-entrega misteriosa: Dios iba a atravesar el abismo haciéndose humano para estar con nosotros, para actuar por nosotros, para ser nuestro Emanuel. A través de Jesús-el Dios encarnado-se tendería un puente precioso entre el Creador y su creatura. Por ese puente Dios viene a la tierra y el hombre asciende al cielo.

La navidad le devuelve la gloria a quien la merece y la paz a quien la ha perdido: a Dios y al hombre. Cuando el hombre quiso robarle la gloria a Dios en el Edén, se acabó la paz. Cada vez que con nuestros pensamientos, palabras y obras, le disputamos la gloria a Dios, la paz deviene en conflictos, dolores y muerte. Ahora, en Belén, la paz vuelve a ser una posibilidad cierta: en Jesús, los seres humanos pecadores gozamos del favor de Dios. ¡Gloria a Dios en las alturas! ¡Paz a los hombres!

Te glorificamos, Padre, en esta santa navidad. Gracias por descender a nuestra condición para elevarnos a la tuya. Danos tu eterna paz y tu perdón. Por Jesús. Amén.

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Navidad

Una navidad con gracia

Tito 2:11-14

Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación de todos los hombres. (Tito 2:11) 

Como la luz en un sitio oscuro. Como la lluvia sobre un terreno reseco. Como el aroma del mejor perfume en un ambiente viciado. Como todo lo que refresca, revitaliza y renueva. Así es la gracia de Dios. Esa gracia nos revela el corazón de Dios. En ella brilla la buena voluntad del Creador para con nosotros.

Esta noche es Nochebuena. Nos hemos preparado para este momento. Esta tiene que ser una noche diferente, porque Dios permite que así sea. Sí, ¡porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación de todos los hombres!

Tu navidad puede ser una navidad con gracia. Para muchos, lamentablemente, no lo es. Por falta de medios, por exceso de dificultades, pero sobre todo por falta de fe. Quizás sea una navidad de abundancia, de consumo, de luces, pero no una navidad con gracia. ¿Cómo será tu navidad? ¿Vas a tener mucho, pero con sabor a nada? La gracia de Dios se ha manifestado en su Hijo, en ese niño preparado desde la eternidad, prometido en el Edén y nacido en Belén. Nuestra navidad sólo será una verdadera navidad si tenemos a Jesús, su palabra, su presencia, su iglesia. ¿Lo hemos buscado?

Sólo en Jesús vamos a encontrar la gracia de Dios que trae consigo el poder salvador. Ese poder es el único que nos salva de la impiedad y de los deseos mundanos, y nos da fuerza para vivir de manera sobria, justa, piadosa y con esperanza. Abracemos, entonces, con arrepentimiento y fe al niño que Dios nos regala, y vivamos esta navidad, y cada día de nuestras vidas, con gracia.

Padre de gracia y misericordia: te agradecemos y alabamos por darnos a tu Hijo. Gracias porque en Él tenemos salvación, esperanza y paz. En su nombre. Amén.

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Navidad

Las tinieblas se disipan

Isaías 9:2-7

El pueblo que andaba en tinieblas vio una gran luz; sí, la luz resplandeció para los que vivían en un país de sombras de muerte. (Is 9:2) 

Las tinieblas, además de ser una realidad negativa, son en sí mismas un símbolo de todo lo maligno que existe en el mundo. Si decimos, por ejemplo, que tal persona “anda en tinieblas”, no hay manera de entender esa afirmación como algo positivo.

Desde una perspectiva espiritual, las tinieblas representan un mundo en el que nada bueno puede esperarse. Las profecías acerca del Mesías refieren a su venida como a la irrupción de una luz en medio de las sombras de la muerte. Israel, el pueblo de Dios, había pasado por momentos tristes y oscuros en su historia. Períodos de desobediencia y rebelión seguidos por invasiones, deportaciones y calamidades sin fin. Eran tiempos de sombra de muerte. El Mesías llega como un rey niño para revertir ese panorama sombrío. La tierra de Galilea, lugar del ministerio de Jesús, sería escenario de esa venida luminosa.

Jesús es el príncipe de paz que va a acabar con todos los símbolos de conflicto, guerra y enemistad entre nosotros. Sus nombres son propios de un rey extraordinario: “Consejero admirable”, “Dios fuerte”, “Padre eterno” y “Príncipe de paz”. Él viene a nuestra Galilea arrasada a establecer un reino espiritual de paz, para gobernar nuestras mentes y corazones. Si nuestra existencia es atravesada por oscuridad, si los conflictos y las guerras han devastado nuestra vida, hay esperanzas inmensas en ese PRÍNCIPE DE PAZ.

Preparémonos para recibirle en arrepentimiento y fe. Con su amor y perdón, con su justicia y su paz, Él iluminará nuestros corazones. Su adviento puede ser nuestro advenimiento a una existencia nueva y luminosa.

Dulce Mesías, luz del mundo. Ven a mi vida para poner luz en mis zonas de confusión, culpas e ignorancia. Lléname de tu paz. Amén.

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Navidad

Un Santo Ser: Hijo de Dios

Lucas 1:26-38

El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el Santo Ser que nacerá será llamado Hijo de Dios. (Lc 1:35b) 

No hay palabras para explicar el tremendo privilegio que habría de tener María, la madre de nuestro Salvador. Una joven virgen pueblerina, comprometida para casarse, un buen día es visitada por un mensajero del cielo. Podemos imaginarnos lo que pasó por su mente y su corazón durante ese encuentro. ¡Cuántas preguntas! ¡Qué sorpresa!

Una historia preciosa que venía germinando por siglos, de pronto iba a brotar con esplendor. María habría de engendrar al ser más extraordinario que ha pisado esta tierra: al mismísimo Hijo de Dios, la encarnación de la segunda persona de la Santa Trinidad. Un gran hombre, pero al mismo tiempo Hijo del Altísimo. Cielo y tierra, Dios y hombre, desde ahora estarán fundidos en ese ser que unirá para siempre al Creador con la criatura. Dios decide hacerse humano, y ese encuentro se producirá en el vientre de esa joven escogida. ¡Cuánta emoción!

Dios tomará su carne y su sangre del cuerpo de una mujer a la que Él mismo había preparado desde la eternidad. María es la nueva Eva, la mujer a través de la cual nace la simiente para aplastar la cabeza a Satanás. Para quienes hemos sido esclavizados por el pecado, para aquellos que sufrimos por estar lejos del Creador, este relato nos muestra cuán en serio toma Dios nuestra situación. ¡Cuánta esperanza!

Que la humildad y la fe de María nos tracen la senda en este tiempo de Adviento. Confiemos, alegrémonos y celebremos aquello que Dios nos regala.

Jesús, hijo de María: Cuánto amor me has demostrado al dejar tu gloria eterna para hacerte uno de nosotros. Que mi corazón confíe y se regocije por este regalo. Ven a mi corazón, Señor. Amén.

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