¡No te olvides!

Sión dice: “El Señor me ha abandonado. El Señor se olvidó de mí.” ¿Pero acaso se olvida la mujer del hijo que dio a luz? ¿Acaso deja de compadecerse del hijo de su vientre? Tal vez ella lo olvide, pero yo nunca me olvidaré de ti. Isaías 49:14-15 (49:13-15)

La mala memoria es un mal común entre nosotros. A veces tenemos memoria selectiva: nos acordamos de lo que nos conviene, mientras que “olvidamos” aquellas cosas que no queremos recordar. La memoria es importante. ¿Cuántas veces decimos: “¿No te olvides, eh”? A veces nos encontramos con una persona que conocimos muchos años atrás, y nos pregunta: “¿No se acuerda de mí?” ¡Y qué vergüenza cuando no nos acordamos!

En Isaías Dios promete que jamás se olvidará de nosotros. Y cuando promete, cumple. Hay que reconocer que, en un sentido, Dios es como nosotros: tiene memoria selectiva. Dios no se acuerda de nuestros pecados, pero se acuerda siempre de nosotros. Se acuerda que nos creó, que somos sus hijos redimidos en Cristo, que prometió estar con nosotros cada día, en las buenas y en las malas. Se acuerda que se olvida de nuestros pecados, y se acuerda que nos prometió el cielo gracias a la obra misericordiosa de Jesús. A decir verdad, Dios tiene una memoria de elefante.

Tal vez lo más importante en este pasaje de Isaías es que Dios se acordará de tenernos compasión. No tengo dudas de que necesitamos compasión porque pecamos a diario, somos desagradecidos, no siempre llevamos cautivos nuestros pensamientos a Cristo, como recomienda Pablo, y no recordamos con alegría que Dios se acuerda de nosotros.

Que Dios se acuerde de nosotros quiere decir que él nos cuida con compasión y cariño, nos perdona con amor, y nos recibe en sus brazos. ¡Qué hermosa esa memoria selectiva de Dios!

Gracias, Padre, porque no te acuerdas de nuestros pecados, pero sí te acuerdas de nuestras necesidades. Amén.

© Copyright 2017 Cristo Para Todas Las Nacione

¡Que los gigantes vayan saliendo!

Así fue como David venció al filisteo: con una honda y una piedra. 1 Samuel 17:50 (17:40-51) 

Los niños aprenden y recuerdan con lujo de detalles esta historia: el gigante enorme, acorazado y armado, brabucón incansable, burlón y arrogantemente vanidoso; David jovencito, armado con una honda casera y cinco piedras recién juntadas en el arroyo. Lo cierto es que David no pensó en lo desparejo de la situación, sino que, antes bien, comparó al gigante con la fuerza de Dios, y las armas del gigante con las armas de Dios. Su victoria estaba asegurada ya antes de ir a la batalla.

Jesús enfrentó al gigante del pecado y de la muerte con el arma de la cruz. A simple vista, la confrontación del poder del mal con dos palos atravesados parece ridícula. Pero Jesús, al igual que David, midió la fuerza y las armas de Dios, y con ellas fue a la batalla. Cuando lo vieron colgando “impotente” en la cruz, y cuando lo colocaron inerte en la tumba fría, sus seguidores pensaron que había perdido la batalla. Sin embargo, a pesar de su coraza, el pecado no pudo evitar ser herido de muerte por la sangre preciosa de Cristo. Cuando el Señor resucitó, se paró encima de la muerte y la remató, y en todo el mundo se supo del Dios de Israel.

Jesús es nuestro campeón. Él comparte con nosotros su victoria. Todavía tiene muchas piedras en su morral para herir de muerte a nuestros enemigos. Siempre habrá gigantes brabucones que nos asusten con sus amenazas y con su figura acorazada, y enemigos que se burlen de nuestro Dios y de su gracia. ¿Cómo los enfrentaremos? Contando con la fuerza y las armas de Dios: la cruz y la tumba vacía.

Gracias, Padre, porque no hay gigante que Jesús no pueda vencer. En él y por él, nosotros también cantamos victoria. Amén.

© Copyright 2017 Cristo Para Todas Las Naciones

¡Arrepiéntanse!

Así que mejoren sus caminos y sus obras, y atiendan a la voz del Señor su Dios, para que cambie de parecer y no les haga el mal que les ha anunciado. Jeremías 26:13 (26:7-15) 

Jeremías se jugó la vida con estas palabras de exhortación al pueblo de Dios. “Has dictado tu sentencia de muerte”, espetaron los sacerdotes, los profetas, y todo el pueblo. No les gustó que Jeremías les dijera la verdad de que estaban viviendo alejados de la voluntad divina, confiando en su propio entendimiento y en el hecho que vivían en Jerusalén. Dios estaba anunciando desolación y castigo a un pueblo que no entendía ni su ira, ni su misericordia.

“Mejoren sus caminos y sus obras, y atiendan a la voz del Señor su Dios” quiere decir: arrepiéntanse, porque el juicio ya está anunciado, y sólo falta que venga.

A Dios le interesa un corazón misericordioso que se deje guiar por su santa voluntad. Por eso es que el llamado que nos hace al arrepentimiento es constante. Y es bueno que así sea, porque lo necesitamos a diario, ya que muy fácilmente nos jactamos de nuestros logros, de nuestra sabiduría y de nuestra historia y cultura cristiana. ¿Cómo reaccionamos ante su llamado? ¿Nos enojamos con el mensajero que nos envía a llamarnos al arrepentimiento? ¿Nos molesta que nos digan que nos equivocamos, que el pecado nos domina, que nos falta consagración y amor por nuestro prójimo?

Por medio de su Palabra, Dios sigue llamándonos a que cambiemos nuestra manera de pensar y de obrar, porque quiere cambiar de parecer y no hacernos mal. Esa actitud amorosa de Dios se hizo palpable cuando sentenció a su Hijo a la pena de muerte para que nosotros pudiéramos ser declarados libres. ¡Cuánto amor, paciencia, y buena voluntad mostró Dios por nosotros en Jesús!

Gracias, querido Padre, porque nos llamas al arrepentimiento por medio de tus mensajeros, y nos perdonas en Cristo Jesús. En su nombre oramos. Amén.

© Copyright 2017 Cristo Para Todas Las Naciones

Escuchemos con atención

Así yo dejaré de hacerles el daño que he pensado hacerles por sus malas obras. Jeremías 26:3 (26:1-6) 

El pasaje de Jeremías 26:1-6 es una seria advertencia que incluye condenación y castigo por las malas obras, llamado al arrepentimiento, y anuncio de cambio en el corazón de Dios. El versículo 2 de este párrafo es el que más impacta nuestro pensamiento actual: “Diles a… los que vienen a mi casa a adorarme, todo lo que yo te ordene.”

En mi experiencia como cristiano he observado que muchas veces vamos al templo a que nos digan lo que queremos escuchar. Los predicadores somos “cautos” a veces para no decir algo que ofenda a los oyentes. Pero el oráculo de Dios es enfático: “Diles todo lo que yo te ordene.” Dios no nos deja ser selectivos respecto de lo que debemos oír, porque somos incapaces de elegir lo que es bueno para nosotros. El pecado tiñe todas nuestras elecciones. Por ese motivo, necesitamos escuchar todo el consejo de Dios.

Hay que notar que en Jeremías aun los que adoran son advertidos, porque los que adoraban en ese tiempo, y los que adoramos hoy, necesitamos ser llamados al arrepentimiento. Es interesante cómo Dios le pide a Jeremías que anuncie un arrepentimiento personal: “…cada uno de ellos se aparte de su mal camino.”

El Señor nos llama hoy en forma individual a apartarnos del camino pecaminoso, porque su propósito no es hacernos daño. El llamado de Dios es que caminemos en sus sendas, porque cuando no caminamos en sus sendas nos hacemos daño a nosotros y a los demás.

Cuando Jesús dijo: “Yo soy el camino” (Juan 14:6), nos mostró la única senda por la que debemos andar. Confiar en la muerte y resurrección de Jesús es andar por esa senda.

Gracias, Padre, porque nos sacaste del camino de la perdición y porque nos diste en Jesús el único camino a la vida. Amén.

© Copyright 2017 Cristo Para Todas Las Naciones

Sólo Jesús libra

Si ustedes permanecen en mi palabra… conocerán la verdad, y la verdad los hará libres. Juan 8:31-32 (31-34) 

Jesús le habló de libertad a un pueblo que estaba en esclavitud. Tiene sentido, porque hablarle de libertad a un pueblo libre no haría ningún impacto. Sin embargo, los judíos no entendieron las palabras de Jesús en toda su magnitud, porque a pesar de vivir bajo el yugo romano, ellos nunca se consideraron esclavos. La afirmación de los judíos: “Jamás hemos sido esclavos de nadie”, es la convicción de aquellos que consideraban que la única esclavitud consistía en no poder adorar a su Dios. Como los romanos les permitieron usar el templo y adorar al Dios de Abrahán, los judíos, aunque sometidos a la autoridad romana, se sentían libres. En este sentido, su pensamiento era correcto.

Pero Jesús habla aquí de una esclavitud mayor: la esclavitud del pecado. El pecado no es solamente una cosita que hacemos que está mal, que nos daña o que lastima a nuestro prójimo, o que daña alguna relación. El pecado esclaviza. Es una adicción que nos quita la libertad de vivir con alegría, sin temores, y en constante servicio a nuestro prójimo. El pecado es algo tan serio, que el mismo Hijo de Dios tuvo que hacerse cargo de él. Sí, Jesús pagó el castigo de nuestra desobediencia con su sufrimiento y muerte en la cruz.

Conocer la verdad es lo que cambia nuestra vida, y permanecer en la Palabra de Dios es lo que nos permite seguir en libertad. ¿Quién quiere volver a esclavizarse nuevamente al pecado para vivir con temor, angustiado, y sin alegría ni esperanza? Yo no.

Adorar al verdadero Dios es lo que nos da la única libertad que nos llena de paz. Demos gracias a nuestro Señor porque nos otorgó el gran privilegio de conocer en Jesús todas sus bendiciones eternas.

Gracias, Padre, porque te revelaste en tu Hijo Jesús, y porque nos diste tu Palabra. Amén.

© Copyright 2017 Cristo Para Todas Las Naciones

Un Dios levantado

Cuando ustedes hayan levantado al Hijo del Hombre, sabrán entonces que yo soy. Juan 8:28 (21-30) 

Lutero enseñaba que a Dios sólo es posible conocerlo en la cruz. Aunque San Pablo afirma en su carta a los Romanos que Dios no se dejó a sí mismo sin testimonio, sino que toda la creación habla de él, de su poder, y de su sabiduría, es sólo en la cruz donde podemos conocer el amor que Dios nos tiene. Lo interesante de estas palabras de Jesús en Juan 8, es que él nos muestra que no se puso él mismo en la cruz, sino que fueron los líderes religiosos judíos, que lo odiaban y le temían al mismo tiempo, los que lo crucificaron. En un sentido más amplio y más profundo, todos nosotros clavamos a Jesús a la cruz, y lo levantamos para que muera asfixiado, dolorido, y angustiado.

El Padre obró a los tres días, levantado a Jesús de la tumba y resucitándolo victorioso sobre el más cruel de nuestros enemigos: la muerte. Luego, el libro de los Hechos dice que Jesús fue levantado al cielo, para que desde su trono glorioso gobierne a su iglesia y someta y sujete bajo su poder a todas las fuerzas de este mundo.

Jesús fue levantado en la cruz, fue levantado de la muerte a la vida, y fue levantado de la tierra al cielo. En el Jesús levantado en la cruz reconocemos nuestro pecado y el profundo amor de Dios por nosotros, porque somos nosotros quienes debíamos haber sido crucificados. En el Jesús levantado de los muertos reconocemos el poder restaurador del Padre, y en el Jesús levantado a los cielos reconocemos su autoridad y dominio sobre todas las cosas. El Dios levantado es un Dios de arriba que nos ve, nos protege, y nos guía.

Gracias, Padre, porque levantaste a Jesús de la tumba para que también nosotros podamos ser levantados de la muerte y llevados al cielo para vivir con él. Amén.

© Copyright 2017 Cristo Para Todas Las Naciones

Ahora vemos bien

Yo soy la luz del mundo. Juan 8:12 

El Nuevo Testamento reconoce dos “imperios”, uno dominado por Cristo y otro por Satanás. San Pablo explica este tema en Colosenses 1:12-13. Tal vez el contraste entre estos dos imperios o reinos nos ayude a entender esta palabra de Jesús: “Yo soy la luz del mundo.”

Aunque sabemos lo que es la oscuridad física, la Biblia la explica en toda su dimensión espiritual. De niño, la oscuridad nunca me gustaba. Aunque la oscuridad nunca me hizo nada, me producía una sensación de inseguridad y de temor muy grande. ‘Acompáñame afuera, está oscuro, tengo miedo’, solía pedirle a mi hermano mayor o a uno de mis padres.

Tenemos mucha razón en tenerle temor a la oscuridad espiritual. Tanto Jesús como Pablo explican que en las tinieblas se tejen toda clase de males: adulterios, adicciones, odios, estafas, robos. La oscuridad ampara lo malo, y los malos se sienten libres de hacer sus maldades sin que nadie los vea. Pero Jesús es enfático: “Yo soy la luz del mundo.” Ante Jesús, nada queda oculto: ni la maldad de los otros, ni la nuestra. No hay pecado que él no traiga a la luz. ¿Cómo librarnos del pecado que nos condena y de la oscuridad que nos atemoriza? San Pablo nos da esta buena noticia: “[Dios] nos ha librado del poder de la oscuridad y nos ha trasladado al reino de su amado Hijo, en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de los pecados” (Colosenses 1:13-14).

¿Vives con temores? Sigue a Jesús y confía en su obra y en su poder, porque su promesa es efectiva: “El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Juan 8:12).

Gracias, Padre, porque por la muerte y resurrección de Jesús nos sacaste de la oscuridad, del miedo y de la incertidumbre, y nos trajiste a la luz donde podemos verte. Amén.

© Copyright 2017 Cristo Para Todas Las Naciones

¡Qué alivio!

Tampoco yo te condeno. Vete y no peques más. Juan 8:11 

¡Por fin una historia con un final feliz! No todas las historias en la Biblia terminan dibujándonos una sonrisa. Sin embargo, hay un patrón que se repite una y otra vez: cuando Jesús está presente, las historias terminan bien. Así sucede en las bodas de Caná, en la tormenta en el lago y la calma posterior, en la pesca infructuosa y la pesca milagrosa, en la muerte y la resurrección.

¡Qué alivio para esta mujer! Ella estaba condenada por los fariseos y por la Palabra; la sentencia de muerte era justa. Sin embargo, fue perdonada. Mientras el “juicio” era llevado a cabo, ella no tuvo oportunidad de decir nada. Su corazón palpitaba fuertemente esperando la sentencia, pero lo que sucede a continuación es totalmente diferente: Jesús se endereza, y le da la absolución. La mujer es “sentenciada” por el amor de Dios que pasó por alto el grave pecado de adulterio y la envió a vivir una nueva vida. Su historia tuvo un final feliz, inesperado, y eterno.

Nosotros estamos condenados por la Palabra. La sentencia al infierno es justa. Fuimos–y somos–sorprendidos en pecado a cada momento. A veces tampoco faltan quienes nos acusan. Y ahí estamos, solos, delante de Jesús, desnudos con nuestro pecado, exhibiendo nuestra vergüenza. Sin embargo, nuestra historia también tiene un final feliz gracias a la muerte y resurrección de Jesús, que cambió nuestra vergüenza en alegría, nuestro infierno en su cielo, y nuestra muerte en vida eterna.

Jesús tampoco nos condena, sino que nos perdona y nos envía a vivir una vida donde reina el amor y no nuestro pecado. Jesús se enderezó desde la cruz, y nos dio la absolución.

Querido Padre, gracias porque enviste a Jesús no para condenar al mundo, sino para salvarlo. Amén.

© Copyright 2017 Cristo Para Todas Las Naciones

Piedra

Con la piedra en la mano

Aquel de ustedes que esté sin pecado, que arroje la primera piedra. Juan 8:7 (8:1-11) 

Una vez vi en un noticiero en la televisión algo que sucedió hace pocos años en un país del Medio Oriente: una multitud iba corriendo detrás de un muchacho con piedras y ladrillos en la mano. Cuando lo alcanzaron, comenzaron a tirarle las piedras hasta matarlo. El muchacho no tendría más de 20 años. Presenciar una lapidación me causó escalofrío. Pensé que hay que estar enardecido y lleno de odio para juntar piedras para tirárselas a otro.

No me imagino cómo estaría temblando la mujer a punto de ser lapidada. Los fariseos ya la habían sentenciado. Seguramente había piedras por todas partes. El odio y la falta de amor y compasión sobraban en los líderes religiosos. ¿Qué iba a suceder ahora?

Pero Jesús es diferente. Él no sentencia a la ligera, ni está cargado de odio, ni le falta compasión. Jesús guarda un respetuoso silencio, no para ignorar a los fariseos, sino para poner las cosas en perspectiva. Luego habla, involucrando a cada uno de los acusadores: “Aquel que esté sin pecado…” No hizo falta decir nada más. Ahora el silencio fue mayor. Las acusaciones ahora apuntaban a otro lado. Los versículos bíblicos que condenaban, ahora se dirigían a los fariseos. Jesús les dio el tiempo necesario para que sus conciencias los acusaran y se fueran alejando, vencidos.

Los fariseos se fueron vencidos, pero no avergonzados por Jesús. Él ni siquiera levantó la vista. Él no avergüenza a nadie. Él vence con amor.

Los silencios de Jesús son para hacernos pensar, para que aprendamos a poner las cosas en perspectiva, y para que su ley obre en nosotros mostrándonos que somos tan pecadores como los demás. Él no nos arrojó piedras, no nos avergonzó por nuestro pecado. Él nos venció con su amor.

Gracias, Padre, porque no nos haces pasar vergüenza, porque tu perdón nos permite estar ante tu presencia. Amén.

© Copyright 2017 Cristo Para Todas Las Naciones

La actitud policíaca de los fariseos

Moisés nos ordenó apedrear a mujeres como ésta. ¿Y tú qué dices? Juan 8:5 (8:1-11) 

Una escena parecida a la de Juan 8:1-11 se repitió varias veces durante el ministerio de Jesús: el templo, Jesús enseñando, el pueblo escuchando. En esta ocasión aparecen fariseos con un reo y un caso para juzgar. Vinieron a Jesús con versículos bíblicos en los labios: “Moisés nos ordenó…” Seguramente no encontraron a esta mujer por casualidad, sino que la estuvieron espiando para sorprenderla. Siendo que el adulterio se penaba con la muerte, quienes se aventuraban en tales cosas se cuidaban de no ser descubiertos. ¿Cómo fue que los fariseos la descubrieron?

No tuvieron ninguna piedad ante esta indefensa mujer, semidesnuda o desnuda, puesta en medio del pueblo, y de Jesús y sus discípulos. A los fariseos no les importaba que se matara a una mujer, si con ello le ganaban a Jesús una pulseada teológica. Citaron la Biblia, pero sin consideración por la vida de una persona. Le preguntaron a Jesús cuál era su opinión, ¡en un caso de vida o muerte!, aunque ellos ya habían juzgado.

A veces soy tan fariseo como los fariseos que critico por su falta de amor. Juzgo a los demás, espío para ver cómo viven. A veces vengo a Jesús con preguntas de las cuales ya tengo la respuesta. Sólo quiero saber si Jesús piensa como yo.

¿Y tú qué dices, estimado hermano? ¿Cómo vienes a Jesús? ¿Qué le traes? ¿Qué le preguntas? Esta historia nos pone en nuestro lugar. No somos Jesús, pero podemos ser el pueblo escuchando, o los fariseos acusadores, o la mujer sorprendida en pecado. ¡No es muy difícil para Dios sorprendernos en pecado! El silencio de Jesús es respetuoso. Nos hace pensar en nuestro propio pecado para revestirnos con su perdón y librarnos de situaciones de condena y de muerte.

Querido Padre, gracias porque Jesús no nos acusa de inmediato, y porque su silencio nos hace pensar en cuánto nos amas. Amén.

© Copyright 2017 Cristo Para Todas Las Naciones