Tu bondad y tu misericordia me acompañarán

Tu bondad y tu misericordia me acompañarán - Devocional de Cristo Para Todas Las Naciones CPTLN Chile - 23052019

Sé que tu bondad y tu misericordia me acompañarán todos los días de mi vida, y que en tu casa, oh Señor, viviré por largos días. (Salmo 23:6)

“El Señor es mi pastor; nada me falta” (Salmo 23:1). En esta declaración escuchamos a una oveja hablando. Es una oveja que tiene mucho que decir sobre su pastor, una oveja que está contenta y confiada en el cuidado de su pastor.

Las ovejas a menudo reciben mucha mala prensa. Se las puede describir como malolientes y tontas, lo que quiere decir que no son muy apreciadas (quizás de manera injusta) por su inteligencia; tienden a vagar y a perderse, lo que significa que el pastor debe ir a buscarlas, y a veces se las acusa de seguirse dócilmente la una a la otra como… ovejas.

Jesús, el buen pastor que sabe algo de ovejas, nos instruye acerca de quienes están a su cargo: “Las que son mis ovejas, oyen mi voz; y yo las conozco, y ellas me siguen. Y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano” (Juan 10:27-28). Jesús es un Pastor como ningún otro: “Yo conozco a mis ovejas, y ellas me conocen a mí, así como el Padre me conoce a mí, y yo conozco al Padre; y yo pongo mi vida por las ovejas” (Juan 10:14-15). Él debe llevar a todas sus ovejas a salvo a su redil.

Nosotros somos las ovejas que pertenecemos al buen pastor. Como ovejas nos habíamos perdido y enredado irremediablemente en las tentaciones del mundo y de nuestros propios deseos pecaminosos. Estábamos completamente desorientados en la oscuridad del pecado e incapaces de encontrar nuestro camino hacia el redil. Pero nuestro pastor vino para buscarnos y, cuando nos encontró, nos levantó y nos puso sobre sus hombros (hombros que una vez llevaron el peso de la cruz) y, regocijándose, nos llevó a casa.

Jesús, el buen pastor que sabe algo de ovejas, nos instruye acerca de quienes están a su cargo: “Las que son mis ovejas, oyen mi voz; y yo las conozco, y ellas me siguen. Y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano” (Juan 10:27-28).

Aunque no tengan la mejor reputación, las ovejas saben algunas cosas: reconocen la voz de su pastor y lo siguen. Por el poder del Espíritu Santo nosotros, las ovejas de nuestro Señor, también sabemos algunas cosas: escuchamos y reconocemos la voz de nuestro pastor en su Palabra vivificadora y restauradora; somos alimentados en la mesa del pastor, donde recibimos su cuerpo y sangre entregados y derramados por nosotros y seguimos al pastor con confianza, incluso a través del valle de la sombra de la muerte, porque él ha estado allí antes que nosotros.

Sostenidos firmemente por las manos marcadas con cicatrices de nuestro pastor, confesamos: “Seguramente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del SEÑOR para siempre” (Salmo 23:6).

ORACIÓN: Buen Pastor, camina conmigo a través de cada valle oscuro, y sostenme firme en tus manos hasta que permanezca en tu casa para siempre. Amén.

Dra. Carol Geisler

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Asuntos de familia

Asuntos de familia - Devocional de Cristo Para Todas Las Naciones CPTLN Chile - 22052019

Por tanto, imiten a Dios, como hijos amados. Vivan en amor, como también Cristo nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros, como ofrenda y sacrificio a Dios, de aroma fragante. (Efesios 5:1-2)

“La familia que ora unida permanece unida” es un dicho popular que se ha utilizado tantas veces, que casi se ha convertido en un cliché.

Ningún cristiano estaría en desacuerdo con la afirmación de que es importante para una familia cristiana compartir una vida de oración. Sin embargo, la verdadera vida cristiana requiere más de una influencia piadosa en la familia que unos pocos minutos juntos en oración.

En la familia cristiana la fe personal se hace evidente en el trato entre todos los miembros de la familia, donde se supone debe reinar el amor y el perdón de reciben de Jesucristo. Cuando la disciplina es necesaria, la misma debe reflejar la relación de los miembros de la familia con el Señor. Y juntos, como familia, lucharán en todo para dar testimonio de su fe en su Señor y Salvador Jesucristo.

La familia cristiana encuentra en Jesucristo su motivación y la razón para su vida en unidad. Lo que dice San Pablo sobre las relaciones entre esposos en Efesios 5:21-33 y sobre las relaciones entre padres e hijos en Efesios 6:1-5 lo dice en el contexto de lo que se espera de la relación entre todos los cristianos en Efesios 5:1-2.

Tómate unos minutos para leer estos pasajes de Efesios 5 y 6. Luego piensa en lo que Pablo dice aquí y cómo debería influir en las relaciones entre los miembros de tu familia.

También son relevantes para la relación entre los miembros de la familia cristiana las palabras del apóstol en Efesios 5:21. ¿Cómo afecta el “cultivar la mutua sumisión en el temor de Dios” las palabras que usan los miembros de la familia y la forma en que actúan entre sí? En Efesios 6:4 Pablo habla sobre la relación entre los padres e hijos cristianos. Lee esta sección y reflexiona sobre cómo la experiencia del amor de Dios en Jesucristo afecta el vínculo padres-hijos.

La clave para que una familia cristiana viva el amor de Dios —el amor mutuo que solo podemos conocer porque Dios nos amó primero— es Jesús. En la familia cristiana vivimos juntos, amándonos unos a otros y perdonándonos unos a otros, porque Dios nos ama y nos perdona a través de la vida, muerte y resurrección de su amado Hijo.

Cuando se requiere disciplina y corrección, se administra con amor, con el propósito expreso de beneficiar a la familia toda. Porque por la gracia de Dios y con el poder de su Espíritu Santo, la familia cristiana da testimonio de la fe que hay en ellos por medio de su Señor y Salvador Jesucristo en el trabajo y en la adoración, en la oración y durante el esparcimiento.

ORACIÓN: Padre celestial, tu Hijo Jesús nos ha reunido como familia. Anímanos a amarnos unos a otros como Jesús nos enseñó. Oramos en su nombre. Amén.

Ron Schlegel – Enero, 1979 LLL “La familia que ora unida”

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Tiempo juntos

Tiempo juntos - Devocional de Cristo Para Todas Las Naciones CPTLN Chile - 21/05/2019

Después de esto, Jesús se manifestó otra vez a sus discípulos, junto al lago de Tiberias; y lo hizo de esta manera: …Al descender a tierra, vieron brasas puestas, un pescado encima de ellas, y pan. Jesús les dijo: “Traigan algunos de los pescados que acaban de pescar”. Simón Pedro salió del agua y sacó la red a tierra, llena de grandes pescados. Eran ciento cincuenta y tres, y a pesar de ser tantos la red no se rompió. Jesús les dijo: “Vengan a comer”. Y ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: “¿Tú, quién eres?”, pues sabían que era el Señor. Entonces, Jesús tomó el pan y les dio de él, lo mismo que del pescado. Ésta era la tercera vez que Jesús se manifestaba a sus discípulos, después de haber resucitado de los muertos. (Juan 21:1, 9-14)

Jesús está preparando el desayuno. ¡Qué imagen tan tranquila, humilde, y hogareña! De ninguna manera es como yo esperaría que el Hijo de Dios se revelara después de su resurrección. Si me hubiera consultado, probablemente le hubiera recomendado algún milagro ante miles de personas, con música y fuegos artificiales. Pero Jesús no hizo eso.

Juan nos dice: “Después de esto, Jesús se manifestó otra vez a sus discípulos, junto al lago de Tiberias; y lo hizo de esta manera: … Al descender a tierra, vieron brasas puestas, un pescado encima de ellas, y pan”.

Piensa en la preparación de esa comida. Jesús debe haber estado en la orilla por un buen rato para tener el fuego listo y el pescado limpio y preparado para cocinar. ¿Y de dónde exactamente sacó el pan y el pescado? Ciertamente, pudo haberlos provisto por milagro, de la nada, pero ese no parece ser su estilo. Sospecho que había visitado uno de los pueblos cercanos en busca de suministros.

Sea como sea, Jesús examina los preparativos y decide que se necesitan más pescados. Le pide a los discípulos que los traigan. Es algo que cualquier cocinero en la playa puede pedir. No importa que fueran producto de un milagro. El énfasis aquí no está en la gloria, sino en proveer. Jesús está alimentando a los discípulos, y lo está haciendo en parte a través del trabajo de ellos.

Cuando todo está listo, Jesús llama al grupo a desayunar. Toma el pan y el pescado y se los sirve con sus propias manos. Sin duda, mientras les servía, pudieron ver bien las cicatrices en sus manos. Pero Juan no dice si hablaron de ellas, y no nos dice nada acerca de lo que los discípulos dijeron o hicieron mientras comían. No es hasta después de la comida que se relata la breve historia con la pregunta que Jesús le hace a Pedro tres veces: “¿Me amas?”.

Entonces, ¿cuál fue el propósito del desayuno junto al mar? Quizás Jesús simplemente quería pasar tiempo con sus discípulos, cuidarlos, proveerles, sentarse con ellos una vez más. La compañía de los discípulos era preciosa para él. Jesús se reveló como el Dios que desea nuestra compañía, que quiere proveer para nosotros. Porque él nos ama, nos ha llamado a creer en él y a seguirlo hasta que estemos con él para siempre.

ORACIÓN: Señor Jesús, quédate con nosotros y mantennos contigo. Amén.

Dra. Kari Vo

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El León y el Cordero

El León y el Cordero - Devocional de Cristo Para Todas Las Naciones CPTLN Chile - 20/05/2019

Y uno de los ancianos me dijo: “No llores, pues el León de la tribu de Judá, la raíz de David, ha vencido y puede abrir el libro y quitarle sus siete sellos”. En ese momento vi un Cordero en medio del trono y de los cuatro seres vivientes, y en medio de los ancianos. Estaba de pie, y parecía haber sido inmolado… El Cordero se acercó al que estaba sentado en el trono, y de su mano derecha tomó el libro. (Apocalipsis 5:5, 6a-7)

Hay una escena en el libro de Apocalipsis donde Dios está terminando la historia de la creación. El mundo se está acabando paso a paso, y cada paso está simbolizado por la apertura de un libro que tiene siete sellos. Alguien tiene que abrir cada sello para comenzar cada fase del juicio final.

¿Pero quién hará esto? Juan no ve a nadie adecuado para el trabajo. Entonces uno de los siervos de Dios le dice: “No llores, pues el León de la tribu de Judá, la raíz de David, ha vencido y puede abrir el libro y quitarle sus siete sellos”. Claro, y ahora Juan mira a su alrededor, ¿y qué es lo que ve? No un león, sino un cordero; un cordero que estaba “de pie, y parecía haber sido inmolado”.

¡Qué extraño contraste! Aparentemente, el León y el Cordero son la misma persona. Y, por supuesto, sabemos quién es esa persona: nuestro Señor Jesucristo, nuestro Salvador.

¿Por qué se lo llama león? La imagen se remonta a Jacob, el padre fundador de Israel quien, cuando estaba bendiciendo a sus hijos justo antes de morir, le dijo a Judá: “Tú, Judá, eres un cachorro de león; tú, hijo mío, te apartaste de tu presa. Te encorvas, te echas como león; te asemejas a un león viejo” (Génesis 49:9). La imagen es de un león que ha tenido éxito en la caza y ha capturado a su presa. Ha terminado de comer y ahora está descansando.

¡Esta es una imagen muy interesante de Jesús! Por un lado, es una gran descripción de lo que Jesús hizo a través de su muerte y resurrección: cazó su presa, el diablo y todos los poderes del mal, los atrapó y los destruyó por completo. Y ahora, luego de su victoria, está descansando. ¿Quién se atrevería a rebelarse nuevamente contra él?

Esa imagen se enfoca en el triunfo de Jesús en la cruz. Pero la imagen de un Cordero se enfoca en otro aspecto: en lo que le costó su victoria. Jesús es el Cordero que había sido inmolado. Él es el sacrificio por el pecado humano, quien entregó su propio cuerpo para expiar nuestro mal y dejarnos limpios nuevamente ante los ojos de Dios, y quien todavía lleva esas cicatrices, incluso en el cielo ante el trono de Dios.

León de Judá, Cordero de Dios, ambas son grandes imágenes de nuestro Señor Jesús. Que ellas nos recuerden su gran victoria y el amor que lo llevó a salvarnos.

ORACIÓN: Señor Jesús, gracias por defendernos con tenacidad, y por darte a ti mismo misericordiosamente para salvarnos. Amén.

Dra. Kari Vo

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Obediencia simple

Obediencia simple - Devocional Cristo Para Todas Las Naciones CPTLN Chile - 17052019

En Damasco había un discípulo llamado Ananías, que había tenido una visión en la que el Señor lo llamaba por su nombre. Ananías había respondido: “Aquí me tienes, Señor”.

El Señor le dijo: “Levántate y ve a la calle llamada ‘Derecha’; allí, en la casa de Judas, busca a un hombre llamado Saulo, que es de Tarso y está orando.

Saulo ha tenido una visión, en la que vio que un varón llamado Ananías entraba y le imponía las manos, con lo que le hacía recobrar la vista”.

Ananías respondió: “Pero, Señor, he sabido que este hombre ha tratado muy mal a tus santos en Jerusalén.

También sé que los principales sacerdotes le han dado autoridad para aprehender a todos los que invocan tu nombre”.

Y el Señor le dijo: “Ve allá, porque él es para mí un instrumento escogido. Él va a llevar mi nombre a las naciones, a los reyes y a los hijos de Israel.

Yo le voy a mostrar todo lo que tiene que sufrir por causa de mi nombre”.

Ananías fue y, una vez dentro de la casa, le impuso las manos y le dijo: “Hermano Saulo, el Señor Jesús, que se te apareció en el camino por donde venías, me ha enviado para que recobres la vista y seas lleno del Espíritu Santo”.

Al momento, de los ojos de Saulo cayó algo que parecían escamas, y éste recibió la vista. Luego que se levantó, fue bautizado; y después de comer recobró las fuerzas y durante algunos días se quedó con los discípulos que estaban en Damasco.

Hechos 9:10-19

Realmente me gusta Ananías. Es un cristiano común y corriente llamado a escena por solo un momento. Imagínalo: allí está Ananías, en la rutina diaria, quizás un poco preocupado porque ha escuchado que Saulo está llegando a la ciudad para arrestar a los cristianos. ¡Y de pronto Dios le dice que vaya a visitar a Saulo y lo sane! Debe haber sido como que le dijeran que fuera y pusiera las manos sobre un león hambriento. Sorprendido, Ananías dice: “Pero, Señor, he sabido que este hombre ha tratado muy mal a tus santos en Jerusalén…”, ¿estás seguro que tienes en mente al hombre correcto? ¿Estás seguro que quieres enviarme a mí?

Y Dios lo confirma: “Ve allá, porque él es para mí un instrumento escogido… Yo le voy a mostrar todo lo que tiene que sufrir por causa de mi nombre”. Entonces Ananías deja de discutir. Se levanta, se dirige a la dirección que Dios tan claramente le indica y, efectivamente, allí está Saulo. Ananías no se detiene. ¡Pone sus manos sobre Saulo e incluso lo llama “hermano”! Y Dios usa su obediencia para sanar de inmediato la ceguera de Saulo.

Que yo sepa, nunca volvemos a escuchar algo más sobre Ananías. Pero, ¡mira qué diferencia hizo su obediencia! Estuvo disponible cuando hizo falta; temeroso, sin duda, pero estuvo. Y Dios bendijo eso.

Muy pocos de nosotros seremos famosos; ciertamente no tan famosos como Saulo, quien más tarde llegó a ser el apóstol Pablo. Más bien somos como Ananías. Y eso está bien. Porque, conocidos o desconocidos, todos los cristianos vivimos la vida real y eterna que Jesús ganó para nosotros a través de su sufrimiento, muerte y resurrección de entre los muertos. Nuestros ojos están en Jesús. A él es a quien amamos y a quien nos dedicamos, y lo que importa es su opinión sobre nosotros. ¿No es maravilloso cuando tenemos el honor de servirle, ya sea de manera grande o pequeña?

ORACIÓN: Querido Señor, ayúdame a concentrarme en amarte y servirte solo a ti. Amén.

Dra. Kari Vo

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En la mañana

En la mañana - Devocional de Cristo Para Todas Las Naciones CPTLN Chile - 16/05/2019

Su enojo dura sólo un momento, pero su bondad dura toda la vida. Tal vez lloremos durante la noche, pero en la mañana saltaremos de alegría. (Salmo 30:5)

A lo largo de su ministerio terrenal, el Señor Jesús siguió la costumbre de reunirse para adorar en el templo y en la sinagoga. En la adoración y oración personal, ciertamente ofreció alabanzas y peticiones a su Padre celestial en las palabras de los salmos.

La noche en que fue traicionado, Jesús y sus discípulos cantaron un himno antes de ir a Getsemaní (ver Marcos 14:26), muy probablemente parte del Hallel (Salmos 113-118), utilizado en la celebración de la Pascua.

Después que completó su obra en la cruz, Jesús entregó su espíritu en las manos de su Padre, en una oración como la del Salmo 31:5: “En tus manos encomiendo mi espíritu”. La Escritura registra su angustioso clamor del Salmo 22:1a: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Aunque aquí consideramos un solo versículo, todo el Salmo 30 podría haber servido como una oración de la mañana de Pascua para nuestro Señor, resumiendo tanto su sufrimiento como “el gozo que le esperaba” (Hebreos 12:2b).

La desolación y el dolor se prolongaron durante la noche en Getsemaní, y a la mañana siguiente no hubo alegría: solo sufrimiento y muerte. En la cruz Jesús soportó la ira de Dios por el pecado humano. Su Padre le dio la espalda, abandonándolo al sufrimiento y a la vergüenza de la cruz, y el Salvador gritó: “Dios mío… ¿por qué?”. Jesús soportó la ira y el juicio del Padre para que pudiéramos disfrutar de su favor para toda la vida, para toda la eternidad.

Al entregarse a las manos de su Padre, Jesús entregó su espíritu. Seguramente sus seguidores lloraron esa noche y también la siguiente, sabiendo que el cuerpo de su Señor estaba sellado en una tumba oscura. El llanto pudo haber durado más de una noche, pero no hay duda de que la alegría llegó a la mañana siguiente. En la tumba vacía, en la primera mañana de Pascua, el ángel anunció las buenas noticias a las mujeres: “No teman. Yo sé que buscan a Jesús, el que fue crucificado. No está aquí, pues ha resucitado, como él dijo” (Mateo 28:5b-6a).

Con temor y arrepentimiento reconocemos que nos hemos ganado la ira de Dios por nuestro pecado. Pero Dios en su gracia, su favor inmerecido por los pecadores, envió a su Hijo a ser nuestro Salvador. Jesús cargó sobre sí mismo la ira divina por el pecado y la pena de muerte que merecíamos.

Aun así, hay momentos en nuestras vidas en los que el llanto, la pérdida y el dolor parecen durar más que una sola noche. Sin embargo, debido a que Cristo Jesús soportó la angustia y el abandono de la cruz, nuestro llanto es temporal: permanece solo un momento. La alegría siempre vendrá por la mañana, la alegría que amaneció con la primera Pascua de Resurrección: una alegría que no puede ser sacudida, una alegría que durará toda la eternidad.

ORACIÓN: Señor crucificado y resucitado, en esos momentos en que nuestras penas nos embargan, llévanos a través de tu Palabra a la alegría de la Pascua que nunca se desvanecerá ni desaparecerá. Amén.

Dra. Carol Geisler

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Ocho días después

Ocho días después - Devocional de Cristo Para Todas Las Naciones CPTLN Chile - 15052019

Ocho días después, sus discípulos estaban otra vez a puerta cerrada, y Tomás estaba con ellos. Estando las puertas cerradas, Jesús llegó, se puso en medio de ellos y les dijo: «La paz sea con ustedes». Luego le dijo a Tomás: «Pon aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente». Entonces Tomás respondió y le dijo: «¡Señor mío, y Dios mío!». Jesús le dijo: «Tomás, has creído porque me has visto. Bienaventurados los que no vieron y creyeron». Jesús hizo muchas otras señales en presencia de sus discípulos, las cuales no están escritas en este libro. Pero éstas se han escrito para que ustedes crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que al creer, tengan vida en su nombre” (Juan 20: 26-31).

Detente un momento y piensa cómo habrá sido para los discípulos la semana posterior a la Pascua. Todos siguen recluidos en una habitación en Jerusalén, con las puertas cerradas por temor a ser arrestados. Diez de ellos están eufóricos: ¡han visto a Jesús vivo de nuevo! ¡Dios ha hecho algo maravilloso!

Y luego está Tomás, quien no estaba presente cuando Jesús se apareció el primer domingo, y no puede creer que esté realmente vivo. Probablemente pasa de la pena por la muerte de Jesús, a la ira hacia los otros discípulos, preguntándose: ¿han perdido la cabeza? ¿Están borrachos? ¿Están conspirando para tomarme el pelo? Debe haber sido una semana increíblemente larga.

Es alentador que una semana después todavía estuvieran todos juntos: los diez creyentes no echaron a Tomás por ser un aguafiestas; Tomás no los envenenó por estar felices; nadie se separó del grupo, a pesar de lo difícil que debe haber sido aguantarse el uno al otro; y Tomás finalmente llegó a la fe, y todos pudieron regocijarse. (Espero que nadie haya dicho: “te lo dije”).

No tengo idea de por qué Jesús esperó ocho días. Claramente sabía que Tomás estaba teniendo problemas, pero aun así esperó tanto tiempo para lidiar con su duda. Tampoco tengo idea de por qué Jesús hace lo mismo hoy en tantos casos: por qué nos permite luchar, dudar y temer durante tanto tiempo, incluso en medio de un grupo de creyentes felices, confiados y seguros. Jesús claramente sabe lo que nos está pasando, pero no se presenta hasta que llega el momento adecuado.

Pero me reconforta saber que hay quienes luchan y hay quienes se regocijan. Los creyentes fuertes pueden soportar a los que tropezamos, luchamos y tenemos dificultades con nuestra fe. Los que luchan pueden seguir amando y apoyando a quienes a veces somos felices sin pensar, y probablemente les causemos cualquier cantidad de dolor sin querer hacerlo. Esa es la forma en que la iglesia debe funcionar: con amor, paciencia y misericordia, sin importar dónde nos encontremos en nuestro caminar con Jesús.

ORACIÓN: Señor Jesús, ayuda a quienes tienen miedo, dolor o duda y también a quienes les rodean, para que puedan cuidarlos. Amén.

Dra. Kari Vo

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Dos maneras de ver a Jesús

Dos maneras de ver a Jesús - Devocional de Cristo Para Todas Las Naciones CPTLN Chile - 14/05/2019

Yo volví la mirada para ver de quién era la voz que hablaba conmigo, y al volverme vi siete candeleros de oro; en medio de los siete candeleros vi a alguien, semejante al Hijo del Hombre, que vestía un ropaje que le llegaba hasta los pies, y que llevaba un cinto de oro a la altura del pecho. Su cabeza y sus cabellos eran blancos como lana. Parecían de nieve. Sus ojos chispeaban como una llama de fuego. Sus pies eran semejantes al bronce pulido, y brillaban como en un horno; su voz resonaba como el estruendo de un poderoso caudal de agua; en su mano derecha llevaba siete estrellas, y de su boca salía una aguda espada de doble filo; su rostro era radiante, como el sol en todo su esplendor. Cuando lo vi, caí a sus pies como muerto. Pero él puso su mano derecha sobre mí, y me dijo: «No temas. Yo soy el primero y el último, y el que vive. Estuve muerto, pero ahora vivo para siempre. Amén. Yo tengo las llaves de la muerte y del infierno”. Apocalipsis 1: 12-18

Esta descripción de Jesús en el libro de Apocalipsis de Juan es impresionante. Juan lo describe usando lenguaje extremo: llevaba el cinto dorado de un rey. Su cabello es blanco puro, recordando el título de Dios como el Anciano entrado en años. Sus ojos son como el fuego; su voz como el estruendo de un poderoso caudal de agua. Su rostro como el sol en todo su esplendor. Sus pies son como bronce pulido: en ellos no hay debilidad, a diferencia de la estatua con pies de barro que se menciona en el capítulo 2 de Daniel. Y sus palabras son como una espada de doble filo, que tiene el poder de la vida y la muerte. ¡No es de extrañar que Juan cayera a sus pies como muerto!

Qué contraste con una de las últimas veces que Juan vio a Jesús, la noche de la Última Cena. Allí, cuando lavaba los pies de los discípulos, Jesús no llevaba el cinto de un rey sino la toalla de un sirviente. Allí su humanidad estaba en plena exhibición: cabellos, ojos, cara y pies comunes. Sus palabras seguían siendo las mismas: palabras con poder de vida y muerte, pero que podían ser ignoradas o rechazadas (Judas lo hizo). Y Juan no cayó a sus pies como muerto en esa ocasión, sino que se sintió seguro y amado hasta el punto de reclinarse contra el pecho de Jesús para preguntarle algo.

Estas dos imágenes capturan algo importante acerca de Jesús: él es el Salvador que nos ama con tanta ternura, que nos recibe como lo hizo con los niños que fueron a él, alzándolos en sus brazos. También es el Señor Dios Todopoderoso, Creador de todas las cosas, y Gobernante de toda la creación.

¿Cómo vamos a responder a semejante Dios? En un momento buscamos su consuelo; al siguiente caemos a sus pies con temor reverencial. Es difícil reconciliar estas dos respuestas y, sin embargo, ambas son reales, ambas son válidas, ambas son correctas. Y tal vez ni siquiera necesitamos reconciliarlas, sino confiar en que el Espíritu Santo guíe nuestra respuesta fiel a Jesús en todo momento y en todo lugar. Porque Jesús es nuestro maravilloso Dios y Creador, y también es nuestro Salvador amoroso, que murió y resucitó por nosotros.

ORACIÓN: Santo Señor, eres misericordioso e imponente. Ayúdame a confiar en ti siempre. Amén.

Dra. Kari Vo

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Lo que Dios ha hecho por nosotros

Lo que Dios ha hecho por nosotros - Devocional de Cristo Para Todas Las Naciones CPTLN Chile - 13/05/2019

Cuando hayas entrado en la tierra que el Señor tu Dios te da en posesión, y la hayas tomado y habites en ella, tomarás una parte de todos los primeros frutos que obtengas de la tierra que el Señor tu Dios te da, la pondrás en una canasta, y te dirigirás al lugar que el Señor tu Dios escoja como residencia de su nombre. Te presentarás ante el sacerdote que en esos días esté en funciones, y le dirás: “Hoy declaro, ante el Señor tu Dios, que he entrado en la tierra que el Señor juró dar a nuestros padres”. Deuteronomio 26:1-3

Hay una pequeña ceremonia interesante que Moisés ordena a los israelitas que hagan una vez que se establezcan en la Tierra Prometida. Después de la primera cosecha, deben llevar muestras de todo al tabernáculo, dárselas al sacerdote y hacer una declaración oficial ante el altar de Dios: “Hoy declaro al Señor tu Dios, que he entrado en la tierra que el Señor juró dar a nuestros padres”. En esencia, estaban declarando cumplido el “pacto” entre Dios e Israel, si podemos llamarlo así. Dios había mantenido su promesa: los israelitas lo habían seguido y confiado en Él, y Dios los había llevado a la Tierra Prometida.

Después de entregar los primeros frutos de la tierra al sacerdote, el israelita debía recitar la historia de lo que Dios había hecho, comenzando con los días de Abraham. “Un arameo errante fue mi padre…”, comenzaba. Luego continuaba hablando del traslado a Egipto, del crecimiento allí de la nación de Israel y de su esclavitud a mano de los egipcios. Después recitaría cómo Dios había rescatado al pueblo “con mano fuerte y brazo extendido, y con señales y portentos que causaban terror”. Y concluía diciendo: “Y nos trajo a este lugar, y nos dio esta tierra, ¡tierra que fluye leche y miel! Por eso ahora vengo aquí, con los primeros frutos de la tierra que tú, Señor, me diste”. Firmado, sellado, entregado. (Ver Deuteronomio 26:5-10.)

Probablemente sería una gran idea para nosotros, los cristianos, hacer algo similar de vez en cuando. Toma un tiempo para pensar en tu vida con Dios. ¿Dónde comenzó? ¿En tu bautismo de infante? ¿O tal vez cuando llegaste a la fe como adolescente o adulto? ¿Qué problemas y dificultades has enfrentado durante tu vida, y cómo te ha liberado el Señor de ellos? ¿Dónde te encuentras hoy por la gracia de Dios? ¿Qué buenos frutos puedes llevarle al Señor para agradecerle y para que sean un testimonio de su fidelidad?

Cualquiera que sea tu historia, la vida, muerte y resurrección de Jesús son su núcleo central. En la cruz, el Señor te libró “con mano fuerte y brazo extendido”. En la tumba vacía, el Dios Padre hizo “señales y portentos”, resucitando a Jesús de entre los muertos y a ti con él.

¿Cuál es tu historia? ¿Por qué no repasarla y darle gracias por ella?

ORACIÓN: Querido Señor, gracias por tu fiel cuidado. Ayúdame a confiar en ti eternamente. Amén.

Dra. Kari Vo

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Sin temor

Sin temor - Devocional de Cristo Para Todas Las Naciones CPTLN Chile - 10/05/2019

“Tú eres mi esperanza, mi Dios, ¡el castillo en el que pongo mi confianza!” Salmo 91:2

¡Eres invulnerable! ¡Ojalá fuera verdad! Quizás si tuviera piel de acero y superpoderes corriendo por mis venas sería invulnerable. ¡Podría saltar de un edificio a otro y enfrentar a cuanto enemigo se apareciera, seguro siempre de la victoria! Si fuera verdad, mi sueño sería dulce y mis días estarían a salvo de todo daño mortal. Si fuera verdad no tendría miedo, pero no lo es.

Sin embargo, el salmista declara que eres invulnerable… pero no como un superhéroe que confía en sí mismo, sino confiando y descansando a la sombra del Omnipotente.

Aun cuando el temor, el peligro mortal y la destrucción acechen por todos lados, el Señor librará a quien se aferra a él en amor. “A tu izquierda caerán mil, y a tu derecha caerán diez mil, pero a ti no te alcanzará la mortandad” (Salmo 91:7). Cuando clames al Señor para que te libere, Él te responderá y te rescatará con sus ángeles guardianes, te honrará y te satisfará con una larga vida y salvación (ver Salmo 91:15-16). Sí, a la sombra del Señor, allí y solo allí, eres invulnerable.

Pero, “¡espera un momento!”, dices: “¿Acaso no han sufrido horriblemente los cristianos de todo el mundo a través de la historia a manos de los malvados?”. Sí, es cierto. “¿Y acaso no nos dio san Pablo una larga letanía de sus sufrimientos por causa de Cristo?”. Sí, lo hizo: Pablo fue encarcelado, golpeado, apedreado, sufrió peligros en el mar, en la ciudad, en el desierto, ante ladrones, judíos y gentiles, pasó hambre, sed y frío (ver 2 Corintios 11:23-27). Entonces, ¿dónde está esta gran invulnerabilidad de la que escribe el salmista? ¿Por qué los ángeles guardianes de Dios no protegieron a Pablo tal como Dios lo prometió? Lo hicieron … pero no en la forma en que estás pensando.

Jesús dijo: “No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Más bien, teman a aquel que puede destruir alma y cuerpo en el infierno” (Mateo 10:28). En Cristo Jesús tu alma está a salvo de todo daño, incluso cuando tu cuerpo está expuesto a los peligros mortales de este mundo. En Cristo Jesús tu alma es invulnerable, eternamente segura, llena de gozo, perdonada, redimida y esperando el amanecer de un cielo nuevo y una tierra nueva en los cuales mora la justicia (ver 2 Pedro 3:13). Ningún hombre, ninguna amenaza, ninguna condición y ningún peligro pueden arrebatar tu alma de la mano de Cristo Jesús. Esta es la razón por la cual Pablo se glorifica en sus sufrimientos por Cristo, sabiendo que nada en el cielo o en la tierra, ni fuego, ni espada, ni dolor ni pobreza pueden separarlo del amor de Cristo. Aunque el discipulado en Cristo le costó a Pablo todo lo que poseía, el cielo que habría de heredar en el Señor lo hizo invulnerable a todos los peligros que tuvo que enfrentar.

Fue cierto para Pablo y también es cierto para ti y para mí. ¡No temas! ¡No temas!

ORACIÓN: Padre celestial, ayúdame a seguir los pasos de Cristo y enséñame a vivir sin temor de los males de este mundo, sabiendo que soy tuyo y tú eres mío. Amén.

Dr. Mark Schreiber

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