Dos maneras de ver a Jesús

Dos maneras de ver a Jesús - Devocional de Cristo Para Todas Las Naciones CPTLN Chile - 14/05/2019

Yo volví la mirada para ver de quién era la voz que hablaba conmigo, y al volverme vi siete candeleros de oro; en medio de los siete candeleros vi a alguien, semejante al Hijo del Hombre, que vestía un ropaje que le llegaba hasta los pies, y que llevaba un cinto de oro a la altura del pecho. Su cabeza y sus cabellos eran blancos como lana. Parecían de nieve. Sus ojos chispeaban como una llama de fuego. Sus pies eran semejantes al bronce pulido, y brillaban como en un horno; su voz resonaba como el estruendo de un poderoso caudal de agua; en su mano derecha llevaba siete estrellas, y de su boca salía una aguda espada de doble filo; su rostro era radiante, como el sol en todo su esplendor. Cuando lo vi, caí a sus pies como muerto. Pero él puso su mano derecha sobre mí, y me dijo: «No temas. Yo soy el primero y el último, y el que vive. Estuve muerto, pero ahora vivo para siempre. Amén. Yo tengo las llaves de la muerte y del infierno”. Apocalipsis 1: 12-18

Esta descripción de Jesús en el libro de Apocalipsis de Juan es impresionante. Juan lo describe usando lenguaje extremo: llevaba el cinto dorado de un rey. Su cabello es blanco puro, recordando el título de Dios como el Anciano entrado en años. Sus ojos son como el fuego; su voz como el estruendo de un poderoso caudal de agua. Su rostro como el sol en todo su esplendor. Sus pies son como bronce pulido: en ellos no hay debilidad, a diferencia de la estatua con pies de barro que se menciona en el capítulo 2 de Daniel. Y sus palabras son como una espada de doble filo, que tiene el poder de la vida y la muerte. ¡No es de extrañar que Juan cayera a sus pies como muerto!

Qué contraste con una de las últimas veces que Juan vio a Jesús, la noche de la Última Cena. Allí, cuando lavaba los pies de los discípulos, Jesús no llevaba el cinto de un rey sino la toalla de un sirviente. Allí su humanidad estaba en plena exhibición: cabellos, ojos, cara y pies comunes. Sus palabras seguían siendo las mismas: palabras con poder de vida y muerte, pero que podían ser ignoradas o rechazadas (Judas lo hizo). Y Juan no cayó a sus pies como muerto en esa ocasión, sino que se sintió seguro y amado hasta el punto de reclinarse contra el pecho de Jesús para preguntarle algo.

Estas dos imágenes capturan algo importante acerca de Jesús: él es el Salvador que nos ama con tanta ternura, que nos recibe como lo hizo con los niños que fueron a él, alzándolos en sus brazos. También es el Señor Dios Todopoderoso, Creador de todas las cosas, y Gobernante de toda la creación.

¿Cómo vamos a responder a semejante Dios? En un momento buscamos su consuelo; al siguiente caemos a sus pies con temor reverencial. Es difícil reconciliar estas dos respuestas y, sin embargo, ambas son reales, ambas son válidas, ambas son correctas. Y tal vez ni siquiera necesitamos reconciliarlas, sino confiar en que el Espíritu Santo guíe nuestra respuesta fiel a Jesús en todo momento y en todo lugar. Porque Jesús es nuestro maravilloso Dios y Creador, y también es nuestro Salvador amoroso, que murió y resucitó por nosotros.

ORACIÓN: Santo Señor, eres misericordioso e imponente. Ayúdame a confiar en ti siempre. Amén.

Dra. Kari Vo

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