En la mañana

En la mañana - Devocional de Cristo Para Todas Las Naciones CPTLN Chile - 16/05/2019

Su enojo dura sólo un momento, pero su bondad dura toda la vida. Tal vez lloremos durante la noche, pero en la mañana saltaremos de alegría. (Salmo 30:5)

A lo largo de su ministerio terrenal, el Señor Jesús siguió la costumbre de reunirse para adorar en el templo y en la sinagoga. En la adoración y oración personal, ciertamente ofreció alabanzas y peticiones a su Padre celestial en las palabras de los salmos.

La noche en que fue traicionado, Jesús y sus discípulos cantaron un himno antes de ir a Getsemaní (ver Marcos 14:26), muy probablemente parte del Hallel (Salmos 113-118), utilizado en la celebración de la Pascua.

Después que completó su obra en la cruz, Jesús entregó su espíritu en las manos de su Padre, en una oración como la del Salmo 31:5: “En tus manos encomiendo mi espíritu”. La Escritura registra su angustioso clamor del Salmo 22:1a: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Aunque aquí consideramos un solo versículo, todo el Salmo 30 podría haber servido como una oración de la mañana de Pascua para nuestro Señor, resumiendo tanto su sufrimiento como “el gozo que le esperaba” (Hebreos 12:2b).

La desolación y el dolor se prolongaron durante la noche en Getsemaní, y a la mañana siguiente no hubo alegría: solo sufrimiento y muerte. En la cruz Jesús soportó la ira de Dios por el pecado humano. Su Padre le dio la espalda, abandonándolo al sufrimiento y a la vergüenza de la cruz, y el Salvador gritó: “Dios mío… ¿por qué?”. Jesús soportó la ira y el juicio del Padre para que pudiéramos disfrutar de su favor para toda la vida, para toda la eternidad.

Al entregarse a las manos de su Padre, Jesús entregó su espíritu. Seguramente sus seguidores lloraron esa noche y también la siguiente, sabiendo que el cuerpo de su Señor estaba sellado en una tumba oscura. El llanto pudo haber durado más de una noche, pero no hay duda de que la alegría llegó a la mañana siguiente. En la tumba vacía, en la primera mañana de Pascua, el ángel anunció las buenas noticias a las mujeres: “No teman. Yo sé que buscan a Jesús, el que fue crucificado. No está aquí, pues ha resucitado, como él dijo” (Mateo 28:5b-6a).

Con temor y arrepentimiento reconocemos que nos hemos ganado la ira de Dios por nuestro pecado. Pero Dios en su gracia, su favor inmerecido por los pecadores, envió a su Hijo a ser nuestro Salvador. Jesús cargó sobre sí mismo la ira divina por el pecado y la pena de muerte que merecíamos.

Aun así, hay momentos en nuestras vidas en los que el llanto, la pérdida y el dolor parecen durar más que una sola noche. Sin embargo, debido a que Cristo Jesús soportó la angustia y el abandono de la cruz, nuestro llanto es temporal: permanece solo un momento. La alegría siempre vendrá por la mañana, la alegría que amaneció con la primera Pascua de Resurrección: una alegría que no puede ser sacudida, una alegría que durará toda la eternidad.

ORACIÓN: Señor crucificado y resucitado, en esos momentos en que nuestras penas nos embargan, llévanos a través de tu Palabra a la alegría de la Pascua que nunca se desvanecerá ni desaparecerá. Amén.

Dra. Carol Geisler

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