¡Qué alivio!

Tampoco yo te condeno. Vete y no peques más. Juan 8:11 

¡Por fin una historia con un final feliz! No todas las historias en la Biblia terminan dibujándonos una sonrisa. Sin embargo, hay un patrón que se repite una y otra vez: cuando Jesús está presente, las historias terminan bien. Así sucede en las bodas de Caná, en la tormenta en el lago y la calma posterior, en la pesca infructuosa y la pesca milagrosa, en la muerte y la resurrección.

¡Qué alivio para esta mujer! Ella estaba condenada por los fariseos y por la Palabra; la sentencia de muerte era justa. Sin embargo, fue perdonada. Mientras el “juicio” era llevado a cabo, ella no tuvo oportunidad de decir nada. Su corazón palpitaba fuertemente esperando la sentencia, pero lo que sucede a continuación es totalmente diferente: Jesús se endereza, y le da la absolución. La mujer es “sentenciada” por el amor de Dios que pasó por alto el grave pecado de adulterio y la envió a vivir una nueva vida. Su historia tuvo un final feliz, inesperado, y eterno.

Nosotros estamos condenados por la Palabra. La sentencia al infierno es justa. Fuimos–y somos–sorprendidos en pecado a cada momento. A veces tampoco faltan quienes nos acusan. Y ahí estamos, solos, delante de Jesús, desnudos con nuestro pecado, exhibiendo nuestra vergüenza. Sin embargo, nuestra historia también tiene un final feliz gracias a la muerte y resurrección de Jesús, que cambió nuestra vergüenza en alegría, nuestro infierno en su cielo, y nuestra muerte en vida eterna.

Jesús tampoco nos condena, sino que nos perdona y nos envía a vivir una vida donde reina el amor y no nuestro pecado. Jesús se enderezó desde la cruz, y nos dio la absolución.

Querido Padre, gracias porque enviste a Jesús no para condenar al mundo, sino para salvarlo. Amén.

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¡Qué alivio!

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