Navidad

Sí al gozo, no a la angustia

Filipenses 4:4-7

Regocíjense en el Señor siempre. Y otra vez les digo, ¡regocíjense! (Fil 4:4)

Una mujer lleva sentada largas horas, junto con muchas otras madres, esperando que le permitan reconocer el cadáver de su hija fallecida en el incendio de una discoteca. Cuando se le pregunta por su caso, ella comenta que es el segundo hijo que ha perdido de forma trágica. Se le ofrece orar por ella. La mujer asiente y responde: “Siento una paz que no sé de dónde viene”. Era una mujer creyente y se notaba en su mirada que algo la distinguía del resto, algo que brotaba de su espíritu.

¿De dónde viene esa clase de paz? ¿Cuál es la fuente de semejante gozo? El apóstol habla de una paz que “sobrepasa todo entendimiento”. Él nos exhorta a regocijarnos siempre. ¿Cómo es posible? La clave de ese gozo y esa paz están en la expresión en el Señor. Son el fruto de una relación muy especial. No se derivan de sensaciones de los sentidos, ni de las terminales nerviosas del cuerpo. Son una realidad que Dios crea, algo inexplicable que se da cuando confiamos en el Señor, cuando tenemos la certeza de su perdón y de su compañía, y cuando estamos en comunión con Él.

El ángel en Belén traerá “noticias de gran gozo”. Recibamos esa noticia con fe. El Señor está cerca, nos dice el apóstol. Navidad nos recuerda que está tan cerca, que llega a ser nuestro Emanuel, que viene del cielo para estar a nuestro lado. Que está con los que creen, aquí y ahora, en su palabra. Que va a regresar en gloria para llevarnos consigo para siempre, junto al Padre. Regocijémonos en el Señor. Siempre.

Oh Dios, dame la paz y el gozo del pesebre y de la cruz. Guarda mi corazón y mi mente en Cristo Jesús. Amén.

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Sí al gozo, no a la angustia

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