Temerosos de Dios - Devocional de Cristo Para Todas Las Naciones CPTLN Chile. 05/02/2019

Temerosos de Dios

¡Dichosos todos los que honran al Señor! ¡Dichosos los que van por sus caminos! ¡Dichoso serás, y te irá bien, cuando te alimentes del fruto de tu trabajo! (Salmo 128:1-2)

 

 

Hubo un tiempo en la historia de nuestra nación en el que era un gran cumplido que alguien le dijera a uno que era “temeroso de Dios”. Hoy la frase suena no solo arcaica y anacrónica, sino también risible. ¿”Temeroso de Dios”, dices? ¿A qué dios le temes? Y ¿qué es lo que temes? Si hay un “Dios”, debe ser puro amor; por lo tanto, no hay nada que temer.

 

Alguna vez, en la era premoderna, todos sabían que Dios era el rey supremo. Es cierto que él volverá a juzgar al mundo. Los hechos son hechos; por lo tanto, vive una vida temerosa de Dios. Luego comenzó la era de la Ilustración del siglo XVIII, y el hombre pasó de temer a Dios a confiar en el poder de la razón por sobre cualquier concepto de Dios. Hoy, en nuestro mundo posmoderno, hemos perdido toda esperanza de que la razón por sí sola pueda establecer un estándar universal de justicia para la humanidad.

 

¿Qué nos queda entonces? Un malestar general de desesperación. Cada uno debe buscar su manera de deambular por la vida eligiendo y definiendo sus propios valores, realidades y ética. El Dios premoderno se convirtió en el Dios moderno moldeado y controlado por la razón, solo para descubrir ahora que es inútil. ¡Qué inteligente se ha vuelto el hombre! ¿Temerle a Dios? Creo que no. El hombre posmoderno teme solo una cosa. ¿He tomado suficientes decisiones buenas como para sacarle la máxima diversión a la vida antes de morir y disolverme en el universo hasta no ser nada?

 

La Sagrada Escritura lo ve de otra forma: “¡Dichosos todos los que honran al Señor! ¡Dichosos los que van por sus caminos!” (Salmo 128:1). Esta es una declaración de la realidad eterna. Todos aquellos que temen al Señor disfrutarán del fruto de su labor con una multitud de bendiciones en esta vida. Todos aquellos que no temen al Señor, aquellos que están perdidos en una ilusión miope de narcisismo y que buscan los placeres de la vida sin pensar en el futuro descubrirán, en el momento en que sus almas se liberen de sus cuerpos, que el Dios al que no temieron en esta vida ahora está ante ellos para exigir cuentas. No será un momento agradable.

 

El temor de Dios es más que un sentimiento especial de asombro o reverencia. Es también el temor de pecar en la presencia del Dios que lo ve todo. “No seas sabio en tu propia opinión; teme al Señor y apártate del mal. Él será la medicina de tu cuerpo; ¡infundirá alivio a tus huesos!” (Proverbios 3:7-8). ¿Temer a Dios? ¿Por qué? ¿Por qué alejarse de cualquier mal que parezca agradable a la carne? Simplemente por amor, solo por eso.

 

¿Pueden los padres sostener a su niño recién nacido en sus brazos y no llenarse de amor? Imagina que eres el padre de Jesús recién nacido y, temeroso de Dios, lo sostienes en tus brazos por primera vez. ¡El amor desborda! ¡La alegría fluye como una cascada desde el cielo! Ahora imagina a tu hijo, tu recién nacido, ya crecido… colgando de una cruz, brutalmente golpeado, abandonado a la muerte. Tu corazón se rompería en mil pedazos, incapaz de seguir viviendo. Pero gracias a Dios, ¡el niño de Belén vive! ¡Cristo ha resucitado! Estamos redimidos. Dichosos los que temen y aman al Señor de esta manera. Este es el temor y el incomprensible amor de Dios que salva tu alma.

 

ORACIÓN: Padre celestial, a través de la preciosa cruz de tu querido Hijo, magnifica tu gracia en mi vida para que diariamente camine de acuerdo con tu Palabra. En el nombre de Jesús. Amén.

 

Dr. Mark Schreiber

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